La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Ésta es la razón de que algunos casos nunca lleguen a solucionarse. El detective aficionado que hay en usted nunca agota todas las posibilidades. Para la gente corriente las cosas de importancia comienzan a mejorar, la tensión que produce la incertidumbre se diluye y pierden lo que tenían entre manos. Es como una especie de mareo —agregó con tono filosófico—; cuando creen que han alcanzado la costa, la marea los lleva de acá para allá. Pero, en fin, me alegro de que este caso haya terminado bien. Supongo que el señor Trelawny sabe lo que hace y que ahora que ya está repuesto se ocupará de sus propios asuntos. Sin embargo, es posible que no haga nada. Y como todo indica que esperaba que ocurriese algo y aun así no solicitó la protección de la policía, deduzco que no desea nuestra intromisión. Y mucho menos que detengamos al culpable. Imagino que oficialmente se dirá que se ha tratado de un accidente, de una extraña enfermedad o de algo parecido, para acallar la conciencia de nuestro departamento. Por mi parte, le confieso a usted que me alegro, porque este caso empezaba a inquietarme. Para mi gusto existen demasiados puntos oscuros, y no hemos averiguado las causas de tanto misterio. Por mi parte, me reintegraré a mi ocupación habitual. Aun así, me interesaría estar al corriente de todo aquello que arroje luz sobre el caso. Le agradeceré, señor, si algún día se entera, que me haga saber cómo fue sacado el señor Trelawny de su cama, en qué circunstancias lo arañó el gato y quién lo hirió con el cuchillo cuando sufrió el segundo ataque. No creo que el bueno de Silvio haya sido capaz de todo eso. Pero, en fin, aunque éste es un caso que me interesa mucho, tengo otros asuntos en que ocuparme.