La Joya de las siete estrellas

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Entré y él cerró nuevamente la puerta. Tendió la mano para coger la mía y no la soltó hasta que me llevó donde estaba su hija. Margaret nos miraba alternativamente, y cuando estuve muy cerca, el señor Trelawny me soltó y, volviéndose hacia su hija, observó:

—Si la situación es como imagino, entre vosotros no debe haber secretos. Malcolm Ross ya sabe tantas cosas acerca de mis asuntos que, o bien se marcha en el acto de esta casa, o bien debe conocer todavía más. Ahora, Margaret, ¿le mostrarás tu muñeca al señor Ross?

Ella dudó por un instante, pero finalmente accedió a hacerlo. Levantó la mano derecha para que el brazalete que ceñía su muñeca dejase ésta al descubierto. Entonces sentí un escalofrío.

En la muñeca vi una línea rojiza y desigual de la que parecían surgir unas manchas rojas semejantes a gotas de sangre.

Margaret, de pie frente a mí, era la imagen misma de la paciencia y el orgullo. A pesar de toda la dulzura, a pesar de toda su dignidad y de lo mucho que debía de negarse a sí misma lo que ya conocía, a pesar del resplandor de sus ojos oscuros. Era el orgullo que nace de la fe, de la pureza que ninguna marca puede mancillar. El orgullo, en definitiva, de una verdadera reina de la Antigüedad, cuando reinar significaba ser el primero, el más grande, el más valiente entre los hombres. De pronto, la voz de su padre resonó en mis oídos.


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