La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —¿Qué dice usted ahora? —preguntó.
No contesté con palabras. Tomé la mano derecha de Margaret entre las mÃas, la levanté para que el brazalete de oro en forma de alas dejara visible la marca, y deposité un beso en la muñeca. Cuando la miré a los ojos, sin soltar su mano ni por un segundo, vi en éstos una expresión de felicidad inmensa. Me volvà entonces hacia su padre y afirmé:
—Aquà tiene usted mi respuesta.
El ceño del señor Trelawny se suavizó. Puso su mano sobre las nuestras, que seguÃan entrelazadas, se inclinó y besó la de su hija, y sólo pronunció una palabra:
—Bien.
Nos interrumpió una llamada a la puerta y una vez que el señor Trelawny dijo a quien fuera que entrase apareció el señor Corbeck. Al vernos reunidos hizo ademán de retirarse, pero su amigo lo cogió del brazo y se lo impidió. Mientras se estrechaban la mano el padre de Margaret pareció transformarse en otro hombre, como si hubiese recobrado la juventud y el entusiasmo de antaño.