La Joya de las siete estrellas

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—Hace ya muchos años, mi querido amigo, que conozco sus ideas y su modo de pensar, por lo que no necesito preguntárselo. En cuanto a Margaret y Malcolm Ross, me han comunicado sus deseos sin la menor sombra de duda. —Hizo una pausa, como si quisiera poner en orden sus pensamientos y procedió a explicar sus ideas e intenciones. Hablaba pausadamente, como si lo hiciera ante una audiencia que ignoraba por completo la verdadera naturaleza de aquel asunto—. El experimento que me propongo realizar consiste en averiguar si en efecto existe alguna fuerza en la antigua magia. Las condiciones en que nos hallamos no pueden ser más favorables. Por mi parte, creo firmemente en la existencia de esa energía. En nuestra época sería imposible crear, disponer u organizar algo semejante, pero estoy convencido de que en la Antigüedad tal fuerza existía, y que goza de una supervivencia excepcional. En resumen, la Biblia no es un mito, y allí hemos leído que el Sol se detuvo porque un hombre así lo ordenó y que un asno fue capaz de hablar. Y si la hechicera de Endor pudo conjurar para Saúl el espíritu de Samuel, ¿por qué no podrían existir otras personas con iguales facultades y por qué algunas de ellas no habrían podido sobrevivir? En el Libro de Samuel se dice que la hechicera de Endor era una entre muchas, y que si Saúl fue a consultarla se debió a mera casualidad. Él buscaba, sencillamente, a una de las muchas que mandó expulsar de Israel «por mantener relaciones con brujas y espíritus». Esa reina egipcia, Tera, que vivió hace casi dos mil años antes de Saúl, mantenía relaciones con los espíritus y era una bruja. Vean ustedes cómo los sacerdotes de su época, y otros muchos después de ellos, intentaron borrar su nombre de la faz de la tierra lanzando una maldición sobre la puerta de su tumba para que nadie pudiera descubrir su identidad. Y lo consiguieron de tal manera que incluso Manetho, el historiador de los reyes egipcios, que escribía en el siglo X antes de Jesucristo, con toda la sabiduría de cuatro mil años a sus espaldas y la posibilidad de acceder a cuantas crónicas existían, fue incapaz de dar con su nombre. ¿Y no han adivinado ustedes, al pensar en los últimos sucesos, quién o qué era ese espíritu que los sacerdotes denominaban «familiar»?


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