La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas La idea parecía confirmar el magnífico tributo de Margaret a su propósito, y eso hizo que mi espíritu atribulado hallase cierta calma.
Convencido de que al fin había encontrado la verdad, decidí poner al corriente a Margaret y a su padre de tan temibles posibilidades. Después, puesto que en mi ignorancia no podía alterar el curso de los acontecimientos, me limitaría a aguardar a que sucediese algo.
Ya más tranquilo, volví a la casa, donde quedé sorprendido al hallar a Margaret, la auténtica Margaret, esperándome.
Tras la cena, estuve a solas un rato con ella y su padre, y, entonces, no sin vacilar, decidí tratar aquel asunto.
—¿No sería conveniente tomar todas las precauciones posibles en el caso de que los deseos de la reina fueran contrarios a los nuestros en lo que al experimento se refiere?
Margaret replicó de inmediato, con demasiada rapidez, incluso, como si ya tuviese preparada aquella respuesta:
—¡Pero si ella lo aprueba! Estoy segura de que no puede ser de otra manera. Mi padre, con su inteligencia, su energía y su valor, hace, precisamente, lo que la reina había dispuesto.