La Joya de las siete estrellas

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Hizo una pausa, y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Me sentí profundamente conmovido e incapaz de pronunciar palabra. Aquélla era mi verdadera Margaret, y la conciencia de ello me llenó de felicidad. Me decidí entonces a confesar lo que había temido por imposible, para llamar la atención del señor Trelawny sobre lo que yo había considerado la doble existencia de su hija. Tomé la mano de Margaret entre las mías, la besé, y, dirigiéndome a su padre, dije:

—Lo cierto, señor, es que ella no hablaría de modo más elocuente si el espíritu de la reina Tera la animase e inspirara sus ideas.

La respuesta del señor Trelawny me dejó atónito, pues comprendí que había advertido lo mismo que yo.

—Creo, sinceramente, que es así —dijo—. Sé muy bien que en mi hija mora el espíritu de su madre. Si, además, la anima el alma de esa maravillosa reina, será doblemente querida. No tema por ella, Malcolm Ross, o, por lo menos, recuerde que no corre más peligros que el resto de nosotros.

Entonces, Margaret continuó hablando de aquel asunto, y tan rápidamente que sus palabras no parecían una interrupción de lo que su padre había dicho sino una continuación.

—No temas por mí, Malcolm. La reina Tera lo ve todo y no quiere hacernos daño alguno. ¡Losé! Estoy tan segura de eso como de que te amo.


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