La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Hablaba como si se tratase de hechos consumados, sin trazos de misterio en su tono o maneras. Pero todos estábamos muy impresionados. Observé que mis compañeros habían palidecido y que permanecían en silencio. Sólo Margaret no se mostraba intranquila; tal vez se encontrase sumida en uno de sus estados de abstracción. Su padre la miró fijamente y sonrió. Al parecer, el comportamiento de mi amada confirmaba su teoría.
Por mi parte, estaba totalmente decidido a seguir adelante. En el momento en que se fijó la hora creí oír la voz del hado. Cuando ahora pienso en ello, comprendo cómo debe de sentirse un condenado cuando se acerca el momento de enfrentarse al cadalso.
Ya no podíamos echarnos atrás. Estábamos en las manos de Dios.
¡En las manos de Dios! Y, sin embargo, ¿qué otras fuerzas se disponían a actuar? ¿Qué sería de nosotros, meras motas de polvo arrastradas por el viento? Pero en realidad no temía por mí, sino por Margaret.
La voz del señor Trelawny me devolvió a la realidad.
—Ahora convendrá ver si las lámparas están bien dispuestas y terminar nuestros preparativos.