La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Todos pusimos manos a la obra, y, bajo la dirección del señor Trelawny, llenamos las lámparas egipcias de aceite de cedro y colocamos las mechas una a una, para que no ocurriese ningún percance. Tras encenderlas y comprobar que funcionaban correctamente, las dejamos dispuestas para cuando llegase el momento decisivo. Procedimos a continuación a un examen general y vimos que todo estaba ya a punto para el trabajo de la noche.
Cuando salimos de la cueva, me sorprendió oír que el reloj daba las cuatro.
Comimos tarde, y después, siguiendo el consejo del señor Trelawny nos separamos para que cada uno se preparase en privado para afrontar la labor que le aguardaba. Al advertir que Margaret estaba algo pálida, le aconsejé que durmiese un poco. Me prometió que lo haría. Parecía nuevamente ella misma, y con toda la dulzura y delicadeza que yo tanto adoraba, se despidió de mí con un beso. Con el corazón henchido de felicidad, salí a dar un paseo por los acantilados. No quería pensar; todo lo que deseaba era que la frescura del aire y el brillo del sol me dieran fuerzas para soportar lo que pudiese venir.