La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Había una cantidad increíble de vendajes. El ruido de la tela al ser rasgada, y el polvillo acre y rojizo que despedía a causa del betún, la goma y las especias con que había sido empapada, afectó de algún modo nuestros sentidos. En cuanto quitamos los últimos vendajes, contemplamos al animal, sentado delante de nosotros. El pelo, los dientes y las garras estaban completos; tenía los ojos cerrados, pero los párpados no presentaban el aspecto feroz que había imaginado. Los bigotes estaban apretados contra el hocico a causa de las vendas, pero apenas éstas dejaron de ejercer presión se erizaron como si el animal estuviese vivo. Era un magnífico ejemplar de ocelote de tamaño descomunal para su especie, pero la admiración que nos causó en el primer instante se transformó en miedo, porque los temores que habíamos intuido se vieron confirmados.
La boca y las garras presentaban manchas de sangre seca, que por su vivo color rojo parecían recientes.
El doctor Winchester fue el primero en reponerse, porque era hombre acostumbrado a ver sangre. Cogió una lupa y examinó las manchas en la boca del felino. El señor Trelawny dejó escapar un profundo suspiro y dijo:
—Ya me lo figuraba. Este experimento promete.
Mientras miraba las garras, igualmente ensangrentadas, el doctor Winchester exclamó:
—¡Lo imaginaba! También tiene siete dedos.