La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas En la cocina ya había leña preparada. El señor Trelawny encendió una cerilla y al cabo de pocos segundos el gato embalsamado fue arrojado al fuego. Enseguida percibimos el desagradable olor del pelo quemado y, al rato, las llamas devoraron la momia por completo. Unos minutos después respiramos tranquilos al comprobar que el espíritu familiar de la reina Tera ya no existía.
Al regresar a la cueva, encontramos a Margaret sentada en la oscuridad. Había apagado las luces eléctricas y sólo la tenue luz del crepúsculo se abría paso entre las sombras. Su padre se acercó a ella y la rodeó con sus brazos en ademán protector. Mi amada apoyó la cabeza en su hombro, en busca de consuelo.
—Enciende la luz, Malcolm —oí que me decía poco después con tono perentorio.
Me apresuré a obedecer.
—Ahora, preparémonos para nuestra gran obra —anunció entonces el señor Trelawny—. ¡No hay un minuto que perder!
Margaret debió de sospechar lo que iba a ocurrir, pues con voz temblorosa, preguntó:
—¿Qué vais a hacer ahora?
—Quitaremos los vendajes a la momia de la reina Tera.
—Pero, ¿la dejaréis al descubierto, padre? En presencia de hombres, y con tanta luz…
—¿Por qué no, hija?