La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Hija mÃa —prosiguió el señor Trelawny—. Tú misma presenciarás cómo lo hacemos. ¿Nos crees capaces de herirte u ofenderte? Sé razonable, por favor. No estamos en una fiesta. Todos nosotros somos personas serias, dispuestas a realizar un experimento que tal vez nos permita acceder a la sabidurÃa de una época remota, a conocimientos infinitos para el ser humano capaces de trazar nuevos rumbos en el pensamiento. —Hizo una pausa y con voz grave prosiguió—: Recuerda también que de eso puede resultar la muerte para cualquiera de nosotros, o incluso para todos. Sabemos muy bien que nos exponemos a peligros desconocidos. Debes comprender, querida, que no obramos a la ligera, sino con todo el rigor de que somos capaces. Por otra parte, cualesquiera que sean los sentimientos de quienes aquà nos encontramos, es imprescindible, para que el experimento sea un éxito, quitar los vendajes a esa momia. Creo que bajo ninguna circunstancia serÃa necesario si en lugar de convertirse en un cadáver espiritualizado con un cuerpo astral lo hiciese en un ser humano viviente. Si su proyecto original se cumple, y accede a una nueva vida envuelta en esos vendajes, te aseguro que todo lo que habrá conseguido será cambiar una tumba por otra. ¡Sufrirá la muerte de un sepultado en vida!
—Bien, padre —dijo ella al fin y le dio un beso—. Pero aun asà lo considero una indignidad horrible para una mujer, sea reina o no.