La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Los segundos parecieron transcurrir con alas de plomo; fue como si todo el mundo se hubiera detenido. Las figuras de los demás apenas destacaban y, en medio de las sombras, sólo se veía con toda claridad el blanco vestido de Margaret. Las voluminosas mascarillas que llevábamos puestas contribuían a intensificar nuestro extraño aspecto. La mortecina luz de las lámparas cuando el señor Trelawny y Corbeck se inclinaron sobre el cofre iluminó la cuadrada mandíbula y la firme boca del primero y el moreno y arrugado rostro del segundo. Los ojos de ambos parecían despedir destellos bajo la luz. Al otro lado de la estancia, los del doctor Winchester centelleaban como estrellas y los de Margaret relucían igual que negros soles.
¿Acaso aquellas lámparas no acabarían de encenderse jamás?
En cuestión de segundos, sus llamas cobraron fuerza. Una lenta y regular llama cada vez más brillante empezó a cambiar de color desde el azul al blanco cristalino. Los dos hombres permanecieron inmóviles por un par de minutos, sin que se observara el mínimo cambio en el cofre. Al fin, empezó a envolverlo un suave resplandor, que fue intensificándose hasta convertirse en una joya fulgurante, y después en algo que semejaba un ser viviente cuya esencia fuera la luz. El señor Trelawny y el señor Corbeck se desplazaron en silencio a sus puestos junto al sarcófago.