La Joya de las siete estrellas

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Entonces la bruma que surgía del cofre sufrió un nuevo cambio. Por un segundo brotó una breve llamarada y se oyó una explosión amortiguada. Después empezó a salir una negra humareda que fue espesándose con asombrosa rapidez al tiempo que su volumen aumentaba hasta que toda la cueva empezó a quedar a oscuras y sus perfiles se desvanecieron. El viento seguía entrando con furia en la estancia. Obedeciendo a una señal del señor Trelawny, Corbeck fue a cerrar la persiana y la aseguró con una cuña.

Sentí el deseo de ayudarlo, pero tenía que esperar las instrucciones del señor Trelawny, quien permanecía inflexiblemente en su sitio de la cabecera del sarcófago. Le hice señas con la mano, pero él me indicó con un ademán que no me moviera. Poco a poco las figuras que rodeaban el sarcófago fueron desdibujándose en medio de las densa humareda que las envolvía. Al final, dejé de distinguirlas. Quería desesperadamente acercarme a Margaret, pero reprimí una vez más mi impulso. En caso de que aquella lobreguez se prolongara, la luz sería imprescindible para nuestra salvación; ¡y yo era su guardián! Mientras permanecía inmóvil en mi sitio, sentí que la angustia de mi inquietud era casi insoportable.



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