La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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El cofre había adquirido un color apagado y la llama de las lámparas era cada vez más débil, como si el espeso humo estuviera a punto de ganar la partida. Muy pronto la oscuridad absoluta caería sobre nosotros.

Esperé, confiando en que de un momento a otro oiría la orden de encender la luz. Pero ésta no llegó. Seguí aguardando mientras contemplaba con dolorosa intensidad las nubes de humo que brotaban del cofre, cuyo resplandor se desvanecía progresivamente. Las llamas de las lámparas se apagaron una a una.

Al final, sólo quedó una lámpara encendida, en la que ardía una vacilante llama azulada. Yo mantenía los ojos clavados en Margaret, en la esperanza de verla cuando se disipara un poco la oscuridad. Mi inquietud se centraba ahora sólo en ella; distinguía vagamente su blanca túnica más allá del borroso perfil del sarcófago.

La negra bruma era cada vez más densa y su aspereza empezaba a irritarme los ojos. De pronto me pareció que la cantidad de humo que brotaba del cofre disminuía y que el humo era menos espeso. Me pareció entonces que al otro lado de la cueva, donde se encontraba el sarcófago, algo blanco se movía. Después vi varios movimientos parecidos. A través de la densa humareda alcancé a vislumbrar fugazmente un brillo de blancura, pues la última lámpara estaba empezando a parpadear antes de apagarse por completo.


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