La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Crucé a tientas la estancia hacia el lugar donde yo creía que se encontraba Margaret. Al hacerlo, tropecé con un cuerpo. Noté por la ropa que era el de una mujer. El corazón me dio un vuelco; Margaret había perdido el conocimiento, o tal vez hubiese muerto. Tomé en brazos el cuerpo y seguí caminando hasta llegar a una pared. Siguiéndola, llegué a la escalera y subí los peldaños con la mayor rapidez que pude, aun con la dificultad del peso de la adorada carga que sostenía en los brazos. Quizá la esperanza alivió mi tarea, ya que, mientras subía y me alejaba de la cueva, me pareció que el cuerpo era cada vez más ligero.
Deposité el cuerpo en el descansillo y me abrí paso a tientas hacia la habitación de Margaret, donde sabía que estaban las cerillas y las velas que ella había colocado al lado de la reina. Encendí una cerilla y me alegré de ver luz. Prendí dos velas y, tomando una en cada mano, regresé corriendo al descansillo, donde había dejado a la que yo creía Margaret.
Su cuerpo no estaba allí. Pero en el lugar donde lo había depositado se encontraban los ropajes nupciales de la reina Tera, rodeados por un cerco de espléndidas piedras preciosas. A la altura del corazón descansaba la Joya de las Siete Estrellas.