La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Mareado y presa del pánico, bajé a la cueva. Las dos velas que llevaba eran nuevos puntos de luz en medio del humo negro e impenetrable. Volvà a ponerme la mascarilla y busqué a mis compañeros. Ninguno se habÃa movido de su sitio. HabÃan caÃdo al suelo y miraban hacia arriba con una expresión de inefable terror. Margaret se habÃa cubierto el rostro con las manos, pero la apagada mirada de sus ojos produjo en mà una impresión terrible.
Abrà las persianas para que entrara todo el aire posible. La tormenta estaba amainando con la misma rapidez con que se habÃa desencadenado y ahora sólo soplaban algunas rachas irregulares. ¡Bien podÃa calmarse después de todo el daño que habÃa causado!
Traté de ayudar a mis compañeros, pero todo fue inútil. AllÃ, en aquella casa solitaria, lejos del auxilio de los hombres, todo serÃa inútil.
Tuve suerte de que se me evitara el dolor de la esperanza.