La Joya de las siete estrellas

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No respondí. Me limité a estrechar sus manos y a besárselas. Hay diferentes maneras de besar la mano a una dama. En esta ocasión, intenté transmitir respeto y admiración, y así fue interpretado por la señorita Trelawny. Después, me acerqué al sofá y miré a su padre. La habitación estaba más iluminada, y al contemplar aquel rostro blanco como el mármol, de expresión fría y severa, comprendí que, más allá de lo que había ocurrido durante las últimas veinticuatro horas, ocultaba un misterio insondable. Aquel entrecejo fruncido era señal de un firme propósito; su frente, amplia y despejada, demostraba una personalidad decidida, y tanto la ancha barbilla como la poderosa mandíbula hacían que esa impresión fuese aún más intensa. Mientras contemplaba maravillado aquel rostro, comencé a experimentar una sensación que anunciaba la proximidad del sueño. Resistí con todas mis fuerzas, y me ayudó enormemente el que la señorita Trelawny se acercase a mí y, apoyando la frente en mi hombro, empezase a llorar en silencio. Eso hizo que mi virilidad despertase. No pronunciamos palabra, eran completamente innecesarias, y ella no se retiró cuando yo, con ademán protector, rodeé con mis brazos sus hombros, tal como años atrás solía hacer con mi hermanita cuando acudía a mí para que la consolara. Pero todavía con mayor deseo de protegerla. Esta actitud protectora me reafirmó aún más en mis convicciones y alimentó mis esperanzas. Retiré el brazo al oír los pasos del doctor, que se aproximaba. Una vez que hubo entrado en la habitación, echó un vistazo al paciente y dijo:


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