La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Me marcho —dijo—. Volveré mañana temprano, a menos, por supuesto, que antes me llamen ustedes. Por el momento, todo parece ir bien.
El siguiente en aparecer fue el sargento Daw, que entró en la habitación para ocupar el lugar del doctor. Yo permanecà fuera, pero cada pocos minutos miraba dentro, aun cuando la estancia estaba prácticamente a oscuras, pues la única fuente de luz procedÃa del corredor.
Segundos antes de las doce de la noche la señorita Trelawny salió de su dormitorio y, antes de dirigirse hacia el de su padre, fue a echar un vistazo a la enfermera Kennedy. Regresó al cabo de dos minutos. Se la veÃa más animada. Llevaba en la mano su mascarilla de oxÃgeno y antes de ponérsela me preguntó si habÃa alguna novedad. RespondÃ, en voz baja, que no y, tras ponernos ambos nuestras respectivas mascarillas, entramos en la habitación. El detective y la enfermera se pusieron de pie, y ocupamos sus sitios. El sargento Daw fue el último en marcharse, cerrando la puerta a sus espaldas, tal como habÃamos convenido.