La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas La estancia se hallaba apenas iluminada por una lámpara que proyectaba un círculo blanco sobre el techo. El tenue resplandor, matizado por su pantalla verde, no hacía más que enfatizar la negrura de las sombras, que como la noche anterior parecían tener vida propia. Yo no sentía sueño, y cada diez minutos, aproximadamente, me inclinaba para observar al paciente; cuando lo hacía, advertía que la señorita Trelawny permanecía alerta. A intervalos de quince minutos uno de los dos policías se asomaba al interior del dormitorio. Mi compañera o yo dábamos cuenta de que no había novedad, y la puerta volvía a cerrarse.
A medida que el tiempo pasaba, el silencio y la oscuridad parecían aumentar. El círculo brillante en el techo seguía allí, pero palidecía por momentos. La luz verdosa que se filtraba a través de la pantalla era cada vez más tenue. Los sonidos de la noche fuera de la casa y el resplandor mortecino de las estrellas entre las rendijas de los postigos hacían que la negrura de las sombras resultase más solemne y misteriosa.
Oímos que el reloj del pasillo daba los cuartos hasta las dos de la madrugada y, entonces, tuve una sensación extraña que, según advertí por el modo en que miraba alrededor, la señorita Trelawny compartía. El nuevo detective acababa de asomarse, y ambos permanecimos solos, en compañía del paciente, durante otros quince minutos.