La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Mi corazón comenzó a latir a mayor velocidad, y no a causa del miedo. De pronto tuve la sensación de que un desconocido había entrado en la habitación, o que una inteligencia poderosa se hallaba a mi lado. Algo me rozó la pierna. Me apresuré a bajar rápidamente la mano y toqué el suave pelaje de Silvio. El gato soltó un bufido, se volvió y me arañó. Noté que me sangraba la mano. Me levanté lentamente y me aproximé a la cama. La señorita Trelawny se puso de pie y volvió la cabeza, como si hubiese algo cerca de ella. Vi el terror reflejado en sus ojos, y oí que jadeaba como si le faltara el aliento. La toqué, pero no dio muestras de advertirlo, y levantó las manos como si quisiera defenderse de algo.
No había un segundo que perder. Cogí a la joven en mis brazos, corrí hacia la puerta y salí al corredor, gritando:
—¡Socorro! ¡Ayuda!
Al cabo de un instante los dos detectives, la señora Grant y la enfermera aparecieron seguidos de varios criados. Cuando el ama de llaves estuvo cerca, le encargué que cuidase de la señorita Trelawny y regresé al dormitorio, donde encendí las luces. El sargento Daw y la enfermera vinieron detrás de mí.