La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Llegamos justo a tiempo. En el suelo, delante de la caja de caudales, donde ya lo habíamos encontrado dos noches seguidas, yacía el señor Trelawny, con el brazo izquierdo desnudo a excepción de las vendas que lo cubrían. Junto a él vimos un cuchillo egipcio en forma de hoja, que poco antes se hallaba en el estante de la vitrina rota. Estaba clavado en el entarimado, en el mismo lugar que había ocupado la alfombra manchada de sangre.
Pero no había ninguna otra señal inquietante. Los policías y yo registramos cuidadosamente la estancia, al tiempo que la enfermera y dos criados levantaban al herido y lo tendían nuevamente en el lecho. Nuestros esfuerzos fueron inútiles, porque no encontramos huella alguna. La señorita Trelawny regresó en pocos minutos. Se la veía pálida, pero dueña de sí misma y, al acercarse a mí, susurró:
—Sentí que me desmayaba. Desconozco el motivo, pero tuve miedo.
A continuación, apoyé la mano en la cama para observar detenidamente al paciente, y oí que ella exclamaba:
—¡Está usted herido! Mire, tiene la mano cubierta de sangre, y ha manchado las sábanas.