La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas En mi excitación, había olvidado el arañazo del gato, y sólo reparé en ello al oír las palabras de la joven. Antes de que yo pudiese contestar, ella cogió mi mano y dijo:
—¡Es la misma herida de mi padre! —Me soltó la mano y agregó—: Venga usted a mi habitación. ¡Enseguida! Allí está Silvio, en su cesto.
El sargento Daw y yo la seguimos y descubrimos que el gato estaba despierto, lamiéndose tranquilamente las patas.
—Aquí está, sin duda —dijo Daw—. Pero ¿por qué se lame de ese modo?
Margaret, es decir, la señorita Trelawny, se inclinó para coger una pata del animal, y dejó escapar un gemido. Silvio, al parecer molesto, bufó. En ese instante, la señora Grant entró en la estancia y, al advertir que observábamos al gato, exclamó:
—La enfermera acaba de decirme que Silvio estuvo dormido sobre la cama de la señorita Kennedy desde que ustedes fueron al cuarto del señor Trelawny hasta hace muy pocos instantes. El gato llegó allí inmediatamente después de que saliese la señorita Trelawny. La enfermera dice que la señorita Kennedy no para de quejarse y murmurar, como si tuviese una pesadilla. Creo que deberíamos enviar a alguien en busca del doctor Winchester.