La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Hágalo de inmediato, por favor —pidió la señorita Trelawny. Con el entrecejo fruncido, miró por un instante a su padre. Luego, volviéndose a mÃ, dijo con tono decidido—: ¿No cree usted que deberÃamos asesorarnos médicamente acerca de la dolencia de mi padre? Entiéndame; aunque confÃo en el doctor Winchester, creo que es demasiado joven. Alguien con más experiencia y conocimientos tal vez lograse averiguar qué le sucede. ¡Dios mÃo, no sé qué hacer! ¡Todo esto es tan terrible!
En ese momento se echó a llorar, y yo traté de consolarla.
Poco rato después llegó el doctor Winchester. Lo primero que hizo fue ocuparse del enfermo pero, al ver que su estado seguÃa siendo el mismo, fue a ver a la señorita Kennedy. Tras examinarla, una mirada de esperanza apareció en sus ojos. Cogió una toalla, humedeció una esquina y comenzó a darle golpecitos en la cara a la mujer. Su piel recobró el color y toda ella se estremeció ligeramente. Después, el doctor llamó a la otra enfermera, la hermana Doris, y le dijo:
—Creo que ya está bien. En pocas horas despertará. Es probable que al principio se sienta turbada y desorientada, e incluso que dé alguna muestra de histeria. Ya sabe usted cómo proceder en estos casos.
—SÃ, señor —respondió la hermana Doris.