La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Eliza se quedó quieta un momento mirando este aspecto poco favorable de las cosas. Se dio cuenta enseguida de que esa situación debÃa de impedir que cruzara el transbordador habitual, y se dirigió a una pequeña posada que habÃa en la orilla para hacer averiguaciones.
La posadera, ocupada en diferentes operaciones de freÃr y estofar encima del fuego, en preparación de la cena, se quedó tenedor en mano cuando la dulce voz lastimera de Eliza la detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—¿No hay un transbordador o una barca que lleve a la gente a B.? —preguntó.
—Pues, no —dijo la mujer—; las barcas han dejado de funcionar.
La cara de decepción y consternación de Eliza le llamó la atención y preguntó, solÃcita:
—¿Es que quiere usted pasar? ¿Hay alguien enfermo? Parece usted preocupada.
—Tengo un hijo gravemente enfermo —dijo Eliza—. No me enteré hasta anoche y he andado mucho hoy, con la esperanza de coger el transbordador.
—¡Vaya, qué mala suerte! —dijo la mujer, cuya compasión maternal se habÃa despertado—; la compadezco de veras. ¡Solomon! —gritó desde la ventana en dirección a un pequeño cobertizo en la parte de atrás. En la puerta apareció un hombre con delantal de cuero y las manos muy sucias.