La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Niños! —dijo una voz que les sobresaltó. Era el tÃo Tom, que habÃa entrado y se habÃa quedado en la puerta escuchando la conversación—. ¡Niños! —dijo—, me temo que no sabéis lo que decÃs. Para siempre son palabras terribles, niños; es tremendo pensar en ello. No deberÃais desearlo a ningún ser humano.
—No se lo desearÃamos a nadie más que a los tratantes de almas —dijo Andy—; nadie puede menos que deseárselo a ellos, son tan malvados.
—¿No los denuncia la misma naturaleza? —dijo la tÃa Chloe—. ¿No arrancan a los bebés del pecho de sus madres para venderlos? Y a los pequeños que lloran y se agarran a la ropa de sus madres, ¿no los apartan de ellas para venderlos? ¿No separan a maridos y mujeres —dijo la tÃa Chloe, echándose a llorar— cuando significa quitarles la vida? Y mientras tanto, ellos beben y fuman y no se exaltan por nada. Señor, si no se los lleva el diablo, ¿para qué sirve éste? —y la tÃa Chloe se tapó la cara con el delantal de cuadros y se puso a sollozar en serio.
—Reza por aquellos que te tratan mal, dice el buen libro —dijo Tom.
—¡Rezar por ellos! —dijo la tÃa Chloe—; ¡Señor, es demasiado difÃcil! Yo no puedo rezar por ellos.