La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Tom —dijo amablemente el amo—, quiero que sepas que a este señor le doy un pagaré por mil libras por si no estás cuando te reclame; hoy va a ocuparse de otros asuntos, asà que puedes cogerte el dÃa libre. Ve a donde quieras, muchacho.
—Gracias, amo —dijo Tom.
—Y cuidado —dijo el comerciante— que no engañes a tu amo con ninguno de tus trucos de negro, pues yo le cobraré cada centavo, si no estás allÃ. Si él me hiciera caso, no se fiarÃa de ninguno de vosotros; sois escurridizos como anguilas.
—Amo —dijo Tom, muy erguido—, yo tenÃa apenas ocho años cuando la vieja ama lo puso a usted en mis brazos, y usted no tenÃa ni uno. «Toma, Tom» me dijo, «éste va a ser tu joven amo; cuÃdalo bien», dijo. Y ahora yo le pregunto, amo, ¿he faltado a mi palabra o le he llevado la contraria alguna vez, sobre todo desde que soy cristiano?
El señor Shelby se emocionó y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Mi buen muchacho —dijo—, bien sabe el Señor que dices la pura verdad; y si yo pudiera remediarlo, nadie en el mundo te comprarÃa.
—Y tan seguro como que soy cristiana —dijo la señora Shelby—, te recuperaremos en cuanto consiga reunir el dinero. Señor —dijo a Haley—, fÃjese bien a quién lo vende, y comunÃquemelo.