La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —SÃ, señor; a lo mejor —dijo el tratante—, de aquà a un año puede que lo traiga de vuelta, no muy estropeado, y se lo vuelva a vender.
—Yo se lo compraré, entonces, y se lo pagaré bien —dijo la señora Shelby.
—Por supuesto —dijo el comerciante—, a mà me da igual, no me importa a quién los venda, siempre que haga un buen negocio. Lo único que quiero es ganarme la vida, ¿sabe, señora? Supongo que eso es lo que queremos todos.
Tanto el señor como la señora Shelby se sintieron molestos por la familiaridad impertinente del comerciante, y, sin embargo, ambos veÃan la necesidad de frenar sus sentimientos. Cuanto más mezquino e insensible parecÃa, más miedo tenÃa la señora Shelby de que consiguiera atrapar a Eliza y su hijo y, por supuesto, más motivos encontraba para detenerle con todas las tretas femeninas. Por lo tanto, sonrió, asintió, charló amistosamente e hizo todo lo que pudo por hacer correr imperceptiblemente el tiempo.
A las dos, Andy y Sam acercaron los caballos al apeadero, aparentemente muy reanimados y fortalecidos por los correteos de la mañana.