La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom A Sam le habÃa reavivado la comida, y estaba lleno de fervorosa oficiosidad. Al acercarse Haley, presumÃa ante Andy, con un estilo floreciente, del éxito evidente y notable de la operación, ahora que él «se empeñaba de verdad».
—¿Supongo que vuestro amo no tendrá perros? —preguntó pensativo Haley al ir a montar.
—Montones —dijo Sam, triunfante—; está Bruno: ¡es estupendo! Y, además, casi todos los negros tenemos un cachorro de alguna clase.
—¡Bah! —dijo Haley, y dijo algo más también, refiriéndose a los perros, que hizo murmurar a Sam:
—No veo el sentido de maldecirlos, de cualquier forma.
—¿Pero vuestro amo no tiene perros (ya me supongo que no) para cazar a los negros?
Sam sabÃa perfectamente a lo que se referÃa, pero mantuvo desesperadamente una apariencia de simpleza grave.
—Nuestros perros tienen todos muy buen olfato. Creo que son buenos, aunque no hayan tenido práctica. Sin embargo, son buenos perros para casi todo, una vez que los pones. Ven, Bruno —llamó en un susurro al pesado perro de Terranova, que se abalanzó tumultuosamente en dirección a ellos.
—¡Que te ahorquen! —dijo Haley, levantándose—. Vamos, ponte en marcha.