La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Dios me ampare, le digo que sÃ! Estas criaturas no son como la gente blanca, desde luego; superan las cosas, sólo hay que saberlos llevar. Pues dicen —dijo Haley con un aire franco y confidencial— que este tipo de negocios endurece los sentimientos; pero a mà no me lo parece. A decir verdad, nunca he podido hacer las cosas como algunos tipos las hacen en este negocio. He visto a quien arrancaba al hijo de brazos de su madre para ponerlo a la venta, con ella chillando como loca todo el rato; es muy mala polÃtica, pues daña el género y a veces los estropea para el servicio. Conocà a una muchacha muy guapa una vez en Nueva Orleáns que se echó a perder del todo por un trato asÃ. El tipo que la vendÃa no querÃa a su hijo, y ella era altiva cuando se enfadaba. Le digo que estranguló a su hijo con sus manos y siguió hablando de manera terrible. Me hiela la sangre recordarlo; y cuando se llevaron al hijo y a ella la encerraron, se volvió loca de atar y al cabo de una semana estaba muerta. Un desperdicio, señor, de mil dólares, sólo por no saber hacer negocios, esa es la verdad. Siempre es mejor hacer lo humanitario, señor, en mi experiencia.
Y el comerciante se repantigó en la silla y cruzó los brazos, con un aire decidido y virtuoso, considerándose como un segundo Wilberforce[4].