La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Pero no es todo lo que yo quiero, ni muchÃsimo menos —dijo Tom—. No por nada tuve tratos con usted en Natchez, Haley; he aprendido a aguantar a una anguila cuando la cojo. Tiene que soltar cincuenta dólares al contado, o puede olvidarse de ese niño. Yo lo conozco a usted.
—Pero, cuando tiene un trabajo que le puede proporcionar un beneficio limpio de mil o mil seiscientos dólares, Tom, eso es poco razonable —dijo Haley.
—SÃ, pero tenemos trabajo contratado para las próximas seis semanas, más de lo que podemos hacer. Si lo dejamos todo para ir tras los muchachos suyos y no cogemos a la muchacha al final —y siempre es dificilÃsimo coger a las muchachas—, ¿entonces, qué? ¿Nos iba a pagar un centavo usted? Creo que lo imagino pagando, sÃ. No, no; al contado los cincuenta. Si conseguimos el trabajo y es rentable, se los devolveré; si no, esto es por las molestias. Eso es justo, ¿verdad, Marks?
—Desde luego, desde luego —dijo Marks con tono conciliatorio—; sólo es una provisión de fondos, ¿verdad? ¡ji, ji, ji! pues somos abogados, ¿eh? Bueno, tenemos que mantener el buen humor, estar tranquilos, ya sabe. Tom le tendrá al niño donde usted diga, ¿verdad, Tom?
—Si encontramos al pequeño, se lo llevaré a Cincinnati y lo dejaré en casa de la abuela Belcher, cerca del desembarcadero —dijo Loker.