La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Marks habÃa extraÃdo del bolsillo una libreta grasienta y, sacando un papel alargado, se sentó y, fijando la vista en él, empezó a murmurar sobre su contenido: —Barnes… Condado de Shelby… muchacho, Jim, trescientos dólares, vivo o muerto. Edwards, Dick y Lucy, marido y mujer… seiscientos dólares; Polly con dos hijos, seiscientos dólares por ella o su cabeza. Sólo repaso nuestros asuntos, para ver si podemos hacer este encargo sin problemas. Loker —dijo, tras una pausa—, debemos poner a Adams y Springer sobre la pista de éstos; hace tiempo que nos contrataron.
—Cobrarán demasiado —dijo Tom.
—Yo me encargaré de eso; son nuevos en el negocio, y deben esperar cobrar poco —dijo Marks, mientras continuó leyendo—. Estos tres son casos fáciles, pues lo único que hay que hacer es matarlos de un tiro o jurar que los has matado; claro que no pueden cobrar mucho por eso. Los otros casos —dijo, doblando el papel— pueden retrasarse un tiempo. Asà que ahora vayamos con los detalles. Bien, señor Haley, ¿usted vio a esta muchacha cuando llegó a la orilla?
—Desde luego, tan claro como lo veo a usted.
—¿Y a un hombre que la ayudó a subir por el barranco? —preguntó Loker.
—Desde luego que sÃ.