La Cabaña del tío Tom

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—De primera —dijo Marks—. ¿Pero de qué sirven? No tiene usted nada de ella para darles a oler.

—Sí, tengo —dijo Haley, ufano—. Aquí está el chal que dejó en la cama por las prisas; también dejó el sombrero.

—¡Qué suerte! —dijo Loker—; tráigalos aquí.

—Pero los perros podrían dañar a la muchacha, si la encuentran de sopetón —dijo Haley.

—Es una posibilidad —dijo Marks—. Nuestros perros medio destrozaron a un tipo una vez, allá en Mobile, antes de que pudiéramos apartarlos.

—Pues en el caso de éstos que se venden por su aspecto, no es solución, ¿no creen? —dijo Haley.

—Sí, creo —dijo Marks—. Además, si la han acogido, tampoco es solución. Los perros no sirven en los estados donde protegen a esas criaturas, porque no puedes encontrar la pista. Sólo sirven en las plantaciones, donde los negros, cuando corren, corren por sí solos, sin que nadie les ayude.

—Bien —dijo Loker, que había salido al bar para hacer indagaciones—, dicen que ha venido el hombre con la barca; así, pues, Marks…


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