La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La cocina estaba repleta de compadres suyos que habían llegado corriendo de las diferentes cabañas y se habían apretujado para enterarse del final de las proezas del día. Había llegado la hora de gloria para Sam. Se ensayó la historia del día con toda suerte de adornos y barnices que pudieran realzar su envergadura; pues Sam, como algunos de nuestros diletantes de moda, jamás permitía que una historia perdiese brillo al pasar por sus manos. La narración arrancaba grandes carcajadas, que eran retomadas y prolongadas por los más menudos, que yacían, en gran número, en el suelo y se posaban en cada rincón. En el apogeo del alboroto y las risas, sin embargo, Sam se mantuvo inmutable y serio y sólo hacía girar los ojos de cuando en cuando y echaba diversas miradas burlonas a su público, sin abandonar la altura ampulosa de su discurso.
—¿Veis, compatriotas —dijo Sam, alzando enérgicamente un muslo de pavo—, veis lo que hace este negro para defenderos a todos, sí, a todos vosotros? Porque el que intenta coger a uno de nosotros es como si intentara cogernos a todos, es el mismo principio, eso está claro. Y cualquiera de estos negreros que vienen olisqueando por aquí, se las tendrá que ver conmigo, yo soy con el que tiene que tratar; es a mí a quien tenéis que acudir, hermanos; yo defenderé vuestros derechos, ¡los defenderé con mi último aliento!