La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Bien, ya sé yo adónde —dijo el senador, poniéndose las botas con aire reflexivo; se detuvo con la pierna a medio calzar, se cogió la rodilla entre ambas manos y pareció sumirse en una profunda meditación.

—Es un asunto condenadamente difícil y feo —dijo, por fin, tirando de nuevo de las correas de la bota—, y ésa es la pura verdad. —Después de ponerse una bota, el senador se quedó sentado con la otra en la mano, escudriñando con atención el dibujo de la alfombra—. Pero hay que hacerlo, no veo otra solución, ¡maldita sea! —y se puso ansiosamente la otra bota y miró por la ventana.

Ahora bien, la señora Bird era una mujer discreta que en la vida había dicho: «¡Ya te lo dije!» y, en esta ocasión, aunque era perfectamente consciente del derrotero que seguían los pensamientos de su marido, se abstuvo prudentemente de entrometerse, y se quedó sentada en silencio en su mecedora con aspecto de querer enterarse de las intenciones de su señor y amo cuando éste tuviese a bien comunicárselas.

—Verás —dijo él—, mi antiguo cliente, Van Trompe, ha venido de Kentucky, ha liberado a todos sus esclavos y ha comprado una propiedad a siete millas río arriba en un lugar apartado donde no va nadie si no lo conoce, pues es un sitio difícil de encontrar. Allí estaría a salvo, pero lo peor del caso es que no hay nadie que pueda conducir un coche hasta allí excepto yo mismo.


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