La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Por qué? Cudjoe es un excelente conductor.
—SÃ, pero asà es. Hay que cruzar dos veces el rÃo, y la segunda vez es muy peligrosa si no se conoce el camino tan bien como yo lo conozco. Lo he cruzado cien veces a caballo y sé exactamente dónde pisar. Asà que, ya ves, no hay otro remedio. Cudjoe debe preparar los caballos tan silenciosamente como pueda alrededor de las doce, y yo la llevaré; y después, para dar verosimilitud al asunto, él debe llevarme a mà a la siguiente taberna para que coja la diligencia a Columbus, que pasa a las tres o las cuatro, para que parezca que ése era el motivo de sacar el coche. Me pondré a trabajar a primera hora de la mañana. Pero se me ocurre que me sentiré bastante mal allÃ, después de todo lo que ha ocurrido; pero, ¡maldita sea! no puedo evitarlo.
—Tu corazón funciona mejor que tu cabeza en este caso, John —dijo su mujer, posando su blanca mano sobre la suya—. ¿Hubiera podido amarte si no te conociera mejor que tú mismo? —y la pequeña dama tenÃa un aspecto tan bello, con los ojos brillantes de lágrimas, que el senador pensó que debÃa ser un tipo de lo más inteligente para conseguir que lo admirase tan frenéticamente un ser tan bonito; asà que no le quedó más remedio que marcharse muy serio para dar instrucciones sobre el coche. Sin embargo, se detuvo un momento en la puerta y, volviendo a entrar, dijo vacilante: