La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Mary, no sé qué opinas tú al respecto, pero hay un cajón lleno de cosas… del pequeño Henry… —y, con estas palabras, se volvió rápidamente, cerrando la puerta a sus espaldas.
Su esposa abrió el pequeño dormitorio que estaba junto al suyo y colocó una vela encima de un escritorio que habÃa allÃ; luego sacó una llave de un escondrijo y la insertó, pensativa, en la cerradura de un cajón y se quedó parada de repente, mientras que los dos muchachos que la habÃan seguido de cerca, como suelen hacerlo los niños, se quedaron contemplando a su madre con unas miradas silenciosas y significativas. Y tú, madre que lees esto, ¿nunca ha habido en tu casa un cajón o un armario que, al abrirlo, es cómo si abrieras de nuevo una pequeña tumba? Madre feliz eres, si no es asÃ.
La señora Bird abrió lentamente el cajón. HabÃa chaquetas de muchas formas y hechuras, pilas de delantales, hileras de medias; incluso un par de zapatitos, algo gastados en la punta, se asomaban entre pliegues de papel. HabÃa un caballo y un carro de juguete, una peonza, una pelota… recuerdos juntados entre muchas lágrimas y dolor de corazón. Se sentó al lado del cajón y, apoyando la cabeza en las manos, lloró hasta que las lágrimas resbalaron desde sus dedos al cajón; entonces, levantando súbitamente la cabeza, comenzó con una prisa nerviosa a juntar las cosas más sencillas y más prácticas y colocarlas en un atado.