La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —Mary —dijo su marido, entrando con el abrigo en la mano—, debes despertarla ahora; tenemos que marchamos.
La señora Bird se apresuró a poner los diversos objetos que había juntado en un pequeño y sencillo baúl, que cerró con llave y pidió a su marido que lo llevase al coche, después de lo cual fue a despertar a la mujer. Esta apareció poco después en la puerta, vestida con una capa, un sombrero y un chal que habían pertenecido a su benefactora, y con su hijo en brazos. El señor Bird la acompañó apresuradamente al coche y la señora Bird la siguió hasta los peldaños del mismo. Eliza se asomó y alargó la mano, una mano tan bella y delicada como la que la estrechó. Fijó sus grandes ojos negros llenos de gratitud en el rostro de la señora Bird y parecía a punto de decir algo. Se movieron sus labios, lo intentó una o dos veces, pero no salió ningún sonido; señaló hacia lo alto con una mirada inolvidable, se echó hacia atrás en el asiento y se cubrió la cara. Se cerró la puerta y se alejó el coche.
¡Qué situación para un senador patriota que había pasado toda la semana anterior espoleando la legislatura de su estado natal para que aprobara unas leyes más estrictas contra los esclavos fugados y los que les ayudaban a escapar!