La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Si viene alguien —dijo el buen hombre, irguiendo su cuerpo musculoso—, estoy preparado para recibirlo; y tengo siete hijos, cada uno de seis pies de altura, y ellos también estarán preparados. Presénteles nuestros respetos —dijo John—; dígales que no importa cuándo vienen, a nosotros nos da lo mismo —dijo John, pasando los dedos por la melena que le coronaba la cabeza y rompiendo a reír a carcajadas.

Fatigada, rendida y sin vigor, Eliza se arrastró hasta la puerta con su hijo profundamente dormido en brazos. El hombretón acercó la vela a su rostro y, soltando una especie de gruñido de compasión, le abrió la puerta de un pequeño dormitorio que daba a la gran cocina donde se encontraban y le hizo un gesto de que pasara. Cogió otra vela, la encendió y la coloco en la mesa y luego se dirigió a Eliza.

—Bien, muchacha, no debe tener miedo, venga quien venga. Estoy acostumbrado a ese tipo de cosas —dijo, señalando dos o tres buenos rifles que colgaban sobre la chimenea—; y la mayoría de las personas que me conocen saben que no es saludable intentar sacar a alguien de mi casa si yo me opongo. Así que usted duérmase sin más, tan tranquila como si la estuviera meciendo su madre —dijo, cerrando la puerta—. Vaya, ésta es muy guapa —dijo al senador—. Pues las guapas a veces tienen más motivos para fugarse, si tienen sentimientos dignos de mujeres decentes. Lo sé bien.


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