La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom El senador le contó con pocas palabras la historia de Eliza.
—¡Oh, oh! ¿Cree que quiero saberlo? —dijo compasivo el buen hombre—; calle, calle. ¡Es la naturaleza, pobre criatura, cazada como un ciervo! Cazada por tener sentimientos naturales y hacer lo que cualquier madre no podrÃa evitar. ¿Sabe lo que le digo? Pues que estas cosas me hacen querer blasfemar más que ninguna otra cosa —dijo el honrado John, frotándose los ojos con el dorso de una gran mano pecosa y amarillenta—. ¿Sabe lo que le digo, forastero? Tardé años en hacerme de la iglesia, porque los sacerdotes de estas partes predicaban que la Biblia estaba a favor de estas cosas, y yo no me fiaba de su griego y su latÃn y me puse en contra, de ellos y de la Biblia. No me hice de la iglesia hasta que conocà a un cura que podÃa con ellos hasta en griego, que decÃa todo lo contrario; entonces me hice de la iglesia, y esa es la verdad —dijo John, que llevaba todo este tiempo descorchando una botella de sidra peleona, que ofreció a su huésped.
—Más vale que se quede hasta el amanecer —dijo enérgicamente—; yo despertaré a mi vieja y le preparará una cama en un periquete.
—Gracias, amigo —dijo el senador—, pero debo marcharme para coger la diligencia nocturna a Columbus.