La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Se llevan la mercancía
A través de la ventana de la cabaña del tío Tom se veía la mañana gris y lluviosa de febrero. Los rostros abatidos reflejaban unos corazones pesarosos. La pequeña mesa estaba colocada delante de la chimenea, cubierta con un trapo de planchar; una o dos camisas, bastas aunque limpias, colgaban del respaldo de una silla cerca del fuego, y la tía Chloe tenía otra extendida ante ella en la mesa. Frotaba y planchaba cuidadosamente cada pliegue y cada dobladillo con la más meticulosa exactitud, y alzaba la mano de vez en cuando para apartar las lágrimas que caían a chorro por sus mejillas. Tom estaba sentado cerca, con la Biblia en las rodillas y la cabeza en la mano; ninguno de los dos hablaba. Era temprano aún y los niños dormían todos juntos en la rudimentaria carriola.
Tom, plenamente dotado del corazón tierno y doméstico que ¡para su desgracia! es característico de su malhadada raza, se levantó y se aproximó silenciosamente a mirar a sus hijos.
—Es la última vez —dijo.
La tía Chloe no respondió, sólo planchaba y planchaba una y otra vez la burda camisa, ya tan lisa como las manos podían lograr; y, finalmente, dejando caer la plancha con un golpe de desesperación, se sentó en la mesa y «alzó la voz y lloró».