La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La mujer tenía un aspecto tranquilo mientras avanzaba el barco; una brisa estival dulce y suave pasaba por encima de su cabeza como un espíritu compasivo, la brisa benigna que nunca pregunta si es clara u oscura la frente que acaricia. Y vio la luz del sol reflejada en rizos dorados en el agua y oyó voces alegres, contentas de ocio y placer, hablando a su alrededor; pero el corazón le pesaba como si le hubiese caído encima una gran losa. Su hijito se alzó en sus brazos y le acarició la mejilla con sus manitas; daba saltitos, gorjeaba, canturreaba y parecía empeñado en animarla. Ella lo abrazó muy fuerte de repente y una lágrima tras otra empezaron a caer sobre la carita inconsciente y sorprendida; después, pareció sosegarse poco a poco y se ocupó en atender al niño y darle de mamar.
El bebé, un niño de diez meses, era más grande y fuerte de lo normal para su edad y de extremidades muy vigorosas. No se paraba ni un momento y mantenía a su madre ocupada sujetándolo y frenando sus constantes saltos.
—¡Qué muchacho tan guapo! —dijo un hombre, parando frente al niño con las manos en los bolsillos—. ¿Qué edad tiene?
—Diez meses y medio —dijo la madre.