La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Haley negó con la cabeza y escupió de forma impresionante.
—No es suficiente, en absoluto —dijo, y comenzó a fumar de nuevo.
—Bien, forastero, ¿cuánto quiere?
—Bien —dijo Haley—, yo mismo podrÃa criar a ese pequeño o mandarlo criar; es muy fuerte y sano y le sacaré cien dólares de aquà a seis meses; y en un año o dos, doscientos, si lo coloco en el lugar adecuado; asà que no aceptaré un centavo menos de cincuenta por él ahora.
—Vaya, forastero, ¡es totalmente ridÃculo! —dijo el hombre.
—Pero es asÃ! —dijo Haley, moviendo la cabeza con decisión.
—Le daré treinta por él —dijo el forastero—, pero ni un centavo más.
—Ahora, le diré lo que voy a hacer —dijo Haley, escupiendo otra vez con renovada decisión—. Partiremos la diferencia y diremos cuarenta y cinco; es lo mejor que puedo ofrecerle.
—De acuerdo —dijo el hombre después de una pausa.
—¡Hecho! —dijo Haley—. ¿Dónde va a desembarcar?
—En Louisville —dijo el hombre.