La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Louisville? —dijo Haley—. Muy bien, llegaremos al anochecer. Estará durmiendo el chiquillo… bien, bien… lo bajaremos tranquilamente, sin escándalos… viene muy bien… me gusta hacer las cosas tranquilamente… odio la agitación y los alborotos —asÃ, después de la transferencia de algunos billetes de la cartera del hombre a la del tratante, volvió a su cigarro.
Era una tarde luminosa y tranquila cuando atracó el barco en el muelle de Louisville. La mujer estaba sentada con el niño durmiendo profundamente en sus brazos. Cuando oyó anunciar el nombre del lugar, dejó rápidamente al niño en un hueco con forma de cuna entre unas cajas, después de extender allà su capa; luego corrió a la borda del barco con la esperanza de ver a su marido entre los muchos camareros de hotel que llenaban el muelle. Con esta esperanza, se apretó contra la barandilla y, estirándose sobre ella, forzó la vista escudriñando las cabezas que se movÃan en la orilla, y la muchedumbre se interpuso entre ella y su hijo.
—Ésta es su oportunidad —dijo Haley, cogiendo el niño dormido y ofreciéndoselo al forastero—. No lo despierte usted, que se pondrá a llorar, y la muchacha armarÃa un gran escándalo —el hombre cogió cuidadosamente el fardo y se perdió entre la multitud que se alejaba por el muelle.