La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom El tratante no estaba escandalizado ni asombrado porque, como hemos dicho antes, estaba acostumbrado a muchas cosas a las que usted no lo está. Incluso la terrible presencia de la Muerte no le infundÃa un frÃo solemne. HabÃa visto la Muerte muchas veces —la conoció por su oficio y llegó a tratarla bastante— y sólo le pareció un cliente muy duro de roer que le estropeaba muy injustamente los negocios; por lo que sólo juró que la muchacha era un fastidio, que él tenÃa muy mala suerte y que, si las cosas seguÃan igual, no sacarÃa ni un centavo del viaje. En resumen, parecÃa considerarse un hombre decididamente maltratado; pero la cosa no tenÃa remedio, puesto que la mujer se habÃa escapado a un estado que nunca repatria a ningún fugitivo, aunque toda la gloriosa Unión lo exija. El tratante, por lo tanto, se sentó desconsoladamente con su pequeña libreta de cuentas y apuntó bajo el apartado de pérdidas el cuerpo y alma de la muerta.
—Es un ser repugnante este tratante ¿verdad? ¡Tan insensible! ¡Es realmente terrible!
—Oh, pero nadie tiene buena opinión de estos tratantes. Son despreciados por todo el mundo; no son recibidos por la buena sociedad.