La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Se abrió la puerta en ese momento y se asomó a la puerta una mujer baja y redonda con aspecto de acerico y una cara alegre y reluciente como una manzana madura. Iba vestida, como Rachel, de sobrio gris, con el trozo de muselina plegado sobre su pecho redondo y llenito.
—Ruth Stedman —dijo Rachel, acercándose con alegrÃa—; ¿cómo estás, Ruth? —preguntó, cogiéndole las manos con afecto.
—Bien —dijo Ruth, quitándose el gorrito pardo y limpiándolo con el pañuelo, mostrando una cabecita redonda sobre la que el gorro cuáquero se posaba con un aire garboso, a pesar de todos los esfuerzos de las manitas gordezuelas que alisaban y daban múltiples golpecitos para ordenarlo. Algunos mechones de cabello rizado se habÃan escapado también aquà y allá y tuvo que hacer tremendos esfuerzos para ponerlos en su sitio; después la recién llegada, que tendrÃa unos veinticinco años, se apartó del pequeño espejo delante del cual habÃa realizado todas estas operaciones con un aspecto de gran satisfacción que no podrÃan menos que compartir todos los que la contemplaran, pues sin duda era una mujercita tan sana, cordial y risueña como jamás alegrase el corazón de un hombre.
—Ruth, esta amiga es Eliza Harris, y éste es el niño del que te he hablado.