La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Ya lo creo —dijo la hacendosa Ruth, y cogiendo al niño comenzó a quitarle una caperuza de seda azul y varias capas de envoltorios externos; tras darle un tirón aquà y un toque allá, ajustarle y ordenarle por todas partes y darle un sonoro beso, lo colocó en el suelo para que se recompusiera. El bebé parecÃa estar muy acostumbrado a esta forma de proceder, pues se metió el pulgar en la boca (como si fuese una ceremonia de importancia, por supuesto) y pronto pareció quedarse absorto en sus propias reflexiones, mientras su madre se sentaba, sacaba una media larga de rayas azules y blancas y se ponÃa a hacer calceta enérgicamente.
—Mary, deberÃas llenar la tetera, ¿verdad? —sugirió suavemente la madre.
Mary llevó la tetera al pozo y regresó enseguida y la puso en la estufa, donde poco después canturreaba y echaba vapor, como un incensario de hospitalidad y buen humor. Además, los melocotones, obedeciendo unos discretos susurros de Rachel, fueron depositados por las mismas manos en una cacerola en el fuego.
Rachel bajó una pulcra tabla de amasar y, atándose un delantal, se dispuso a preparar unas galletas, tras decir a Mary:
—Mary, deberás decirle a John que prepare un pollo, ¿verdad? —Mary desapareció para cumplir la orden.
—¿Y cómo está Abigail Peters? —preguntó Rachel mientras preparaba las galletas.