La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Ruth dejó su labor de calceta y se dirigió rápidamente al porche trasero.

—Ruth, ¿qué opinas tú? —dijo Rachel—. Padre dice que el marido de Eliza está con la última compañía y que estará aquí esta noche.

Un estallido de alegría de la pequeña cuáquera vino a interrumpir el discurso. Dio tal salto desde el suelo al batir las pequeñas palmas que se soltaron dos rizos por debajo de su gorro cuáquero y se posaron alegremente sobre su blanco pañuelo de cuello.

—¡Chitón, querida! —dijo Rachel suavemente— ¡calla, Ruth! Dinos, ¿se lo contamos ahora?

—Ahora, desde luego, ahora mismo. Imaginaos que fuera mi John, ¿cómo me sentiría? Contádselo enseguida.

—Te utilizas sólo para saber cómo amar a tu prójimo, Ruth —dijo Simeon, mirando a Ruth con una sonrisa amplia.

—Por supuesto. ¿No nos han hecho para eso? Si yo no quisiera a John y al bebé, no sabría qué sentiría ella. Vamos, ¡contádselo ya! —y puso la mano persuasivamente sobre el brazo de Rachel—. Llévatela al dormitorio y deja que yo fría el pollo mientras se lo cuentas.

Rachel entró a la cocina, donde se hallaba Eliza cosiendo, y, abriendo la puerta de un pequeño dormitorio, dijo dulcemente:


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