La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —No debes hablar mal de tus gobernantes, Simeon —dijo gravemente su padre—. El Señor sólo nos da los bienes terrenales para que hagamos justicia y caridad; si nuestros gobernantes nos piden un precio por ello, debemos pagarlo.
—¡Pues yo odio a los negreros! —dijo el muchacho, que se sentÃa tan poco cristiano como correspondÃa a cualquier reformador moderno.
—Me sorprendes, hijo —dijo Simeon—; tu madre no te ha enseñado esas cosas. Yo harÃa lo mismo por el amo que por su esclavo, si el Señor lo llevase afligido a mi puerta.
Simeon hijo se puso de color escarlata; pero su madre sólo se sonrió y dijo:
—Simeon es un buen muchacho; ya crecerá y será igual que su padre.
—Espero, buen señor, que no se halle usted expuesto a peligros por nosotros —dijo George, ansioso.
—No temas, George, que para eso venimos al mundo. Si no quisiéramos enfrentarnos a los peligros por una buena causa, no serÃamos dignos de nuestro nombre.
—Pero, por mi causa —dijo George—, no lo soportarÃa.