La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Tom estaba exactamente debajo de la niña cuando ésta se cayó. La vio dar en el agua y hundirse y se tiró tras ella al instante. No le costó nada a un hombre de amplio pecho y fuertes brazos como él mantenerse a flote en el agua hasta que, un momento o dos después, salió la niña a la superficie y la cogió en sus brazos y se fue nadando a la borda del barco y la alzó, goteando, para que la cogieran cientos de manos que estaban extendidas ansiosamente para recibirla como si pertenecieran a un solo hombre. Unos momentos más y la llevó su padre, chorreando e inconsciente, al camarote de las señoras donde, como suele ocurrir en casos de este tipo, hubo una bienintencionada y bondadosa contienda entre las ocupantes femeninas para ver quién hacía más para armar alboroto y evitar en lo posible su recuperación.
Hacía un tiempo sofocante y bochornoso el día siguiente mientras el barco se aproximaba a Nueva Orleáns. Se extendió un bullicio de expectación por toda la nave; en los camarotes unos y otros recogían sus pertenencias y las preparaban para bajar a tierra. El contramaestre, la camarera y los demás estaban ocupados limpiando, puliendo y arreglando el gran barco para hacer la gran entrada.
En la cubierta inferior estaba sentado nuestro amigo Tom con los brazos cruzados, dirigiendo de vez en cuando unas miradas ansiosas a un grupo de personas que se hallaba al otro lado del barco.