La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La defensa del hombre libre
Al acabar la tarde había un suave bullicio en casa de los cuáqueros. Rachel Halliday iba tranquilamente de un sitio a otro, cogiendo de sus reservas caseras suministros que abultaran lo menos posible para proveer a los viajeros que habían de partir aquella noche. Las sombras vespertinas se extendían hacia el este y el rojo y redondo sol estaba posado amablemente sobre el horizonte iluminando con sus haces dorados y sosegados el dormitorio donde se encontraban sentados George y su esposa. Él tenía a su hijo sobre las rodillas y a su mujer cogida de la mano. Ambos tenían una expresión pensativa y seria y huellas de lágrimas en las mejillas. —Sí, Eliza —dijo George—, sé que es verdad todo lo que dices. Eres una buena persona, mucho mejor que yo, e intentaré hacer lo que dices. Intentaré portarme como debe hacerlo un hombre libre. Intentaré sentirme cristiano. Dios Todopoderoso sabe que he intentado hacer bien las cosas, que lo he intentado mucho, cuando lo tenía todo en contra: ahora olvidaré el pasado, desecharé todos los malos sentimientos, leeré la Biblia y aprenderé a ser un hombre bueno.
—Y cuando lleguemos a Canadá —dijo Eliza—, podré ayudarte. Puedo hacerme modista; y sé mucho de lavar y planchar las prendas finas; entre los dos sabremos salir adelante.